No quiero ser una gota más en el mar,
ni un grano de arena cualquiera,
No quiero ser una lágrima más en la almohada,
ni una piedra más en el camino.
No quiero ser una abeja más de la colmena,
ni un día del año cualquiera.
No quiero ser una nube más de la tormenta,
ni una moneda más en la cartera.
Quiero ser aguja en el pajar,
diamante en mina,
Abeja reina,
corazón en el cuerpo.
Quiero ser sonrisa que atrapa,
mirada que habla.
Quiero ser el aire de tu respirar,
canción que te haga volar.
No quiero ser una palabra más
un gesto cualquiera,
no quiero ser beso de mejilla,
ni hoja en el suelo de otoño.
Quiero ser 14 de febrero,
el "sí quiero" en el altar.
Quiero ser primer beso,
sonrisa de amar.
Quiero ser juguete nuevo,
estrella fugaz,
Lluvia de verano,
sol de invierno.
Quiero ser aquel primer te quiero después de nacer,
y aquel último antes de morir.
No quiero ser un más,
tampoco un menos,
sólo ser única opción.
[... Aquel pobre vagabundo no se sentía especial, ni diferente, sólo uno más.
Nunca fue mejor amigo, tampoco hijo, menos aún amante. Sólo era un amigo más, un hijo más, un hombre más en sus vidas.
Buscaba ser especial para alguien, ser su única opción, aquel al que más amaran por encima de todo y de todos. Pero lo único que al fin le quedaba era él mismo, el único a quien de verdad pertenecía. ...]
viernes, 18 de marzo de 2011
jueves, 3 de marzo de 2011
Pequeña rosa...
Las espinas la protegen, la hacen sentir segura. Siente que nadie puede hacerle daño.
Es fuerte, esquiva, empeñada en no ser rehén, en vivir libre.
Huye de depender del riego de algún hombre, prefiere aventurar si hoy lloverá. Arriesgada, le asusta estar atada. Dura, a veces incluso parece fría. Se esconde tras sus hojas para pasar inadvertida, oculta sus encantos, disfraza su verdad. Hombres intentan alcanzarla pero lo no consiguen. Ella saca todas sus armas dispuesta a atacar, ninguno puede ser lo suficiente bueno, ninguno lo debe ser. Lucha por no ser arrancada de su libertad y lo consigue, una vez tras otra; aumentando su miedo a sufrir, a que al entregarse acabe marchitando.
Un día amanece y un olor la seduce, no es jazmín, tampoco lavanda. Piensa que es imposible desconocer ese olor tan agradable, tan atractivo. Entonces una mano se acerca lentamente, cuidadosamente. La pequeña rosa la rechaza, le puede el miedo y le cuenta lo mala que es: no me quieras a mí, hay miles de rosas por ahí mejores que yo. Argumenta que se seca enseguida, que muy a menudo tiene un pésimo humor, que le gusta ser libre y que esto no piensa cambiarlo nunca, que cuando amanece no quiere estar con nadie, que se refugia en su soledad, que la ama. Saca todos sus defectos, y los que no se los inventa. Busca ahuyentarle, hacerle escapar. Pero no lo consigue, y esto la sorprende.
Esa mano no parece ser como las demás, no cesa en el intento de cogerla, la quiere, la desea, y eso a ella le asusta. La mano sigue ahí, paciente, no le importa sus fallos, no da importancia absolutamente a nada. -No puedes ser tan mala. -Se limita a decir-. Además, si no quieres que veamos juntos amanecer aun nos queda el atardecer, siempre he pensado que la puesta del sol es preciosa, eso sí, no tanto como tú.
La rosa se sonroja, ahora su color ya no pasa desapercibido; un llamativo rojo pasión. Pasan días, noches, y más días y más noches. Poco a poco la mano lo consigue, la rosa ya no está a la defensiva, por fin ya no desconfía y se deja coger. En ese momento la pequeña rosa cree estar volando, ve más cerca el cielo, y más azul. Los dedos cálidos la agarran suavemente, con delicadeza, pero rígidos, con intensidad, como se coge a aquello a lo que tienes miedo de perder, a lo que no quieres dejar escapar. La pequeña rosa está enamorada, ha luchado contra ello, pero ha perdido sus fuerzas en vano, poco o nada puede hacer ya. Pero ya no piensa, ya no piensa en su libertad, sólo quiere ver cada amanecer con él, despertar a su lado, que la coja y no la suelte jamás, quiere vivir a su lado, ahora es todo lo que necesita para ser feliz. Y ella lo es.
Pero llega un día que todo lo cambia. Él se ha ido para no volver, quizás no físicamente, pero si su amor. Su mirada ya no es la misma, ya no puede notar su calor. Frágil flor que se deshoja, tus pétalos se secan al mismo tiempo que tu corazón.
Pequeña rosa enamorada te juraste que nunca más te harían daño. Pequeña rosa, sincera flor ahora sientes tu suerte abandonada y te preguntas el porqué. Ahora ya es tarde, aquel que te quiso, aquel a quien tú más quisiste es aquel que más te hará sufrir.
Usada, desechada como un trapo. Otra vez...
Es fuerte, esquiva, empeñada en no ser rehén, en vivir libre.
Huye de depender del riego de algún hombre, prefiere aventurar si hoy lloverá. Arriesgada, le asusta estar atada. Dura, a veces incluso parece fría. Se esconde tras sus hojas para pasar inadvertida, oculta sus encantos, disfraza su verdad. Hombres intentan alcanzarla pero lo no consiguen. Ella saca todas sus armas dispuesta a atacar, ninguno puede ser lo suficiente bueno, ninguno lo debe ser. Lucha por no ser arrancada de su libertad y lo consigue, una vez tras otra; aumentando su miedo a sufrir, a que al entregarse acabe marchitando.
Un día amanece y un olor la seduce, no es jazmín, tampoco lavanda. Piensa que es imposible desconocer ese olor tan agradable, tan atractivo. Entonces una mano se acerca lentamente, cuidadosamente. La pequeña rosa la rechaza, le puede el miedo y le cuenta lo mala que es: no me quieras a mí, hay miles de rosas por ahí mejores que yo. Argumenta que se seca enseguida, que muy a menudo tiene un pésimo humor, que le gusta ser libre y que esto no piensa cambiarlo nunca, que cuando amanece no quiere estar con nadie, que se refugia en su soledad, que la ama. Saca todos sus defectos, y los que no se los inventa. Busca ahuyentarle, hacerle escapar. Pero no lo consigue, y esto la sorprende.
Esa mano no parece ser como las demás, no cesa en el intento de cogerla, la quiere, la desea, y eso a ella le asusta. La mano sigue ahí, paciente, no le importa sus fallos, no da importancia absolutamente a nada. -No puedes ser tan mala. -Se limita a decir-. Además, si no quieres que veamos juntos amanecer aun nos queda el atardecer, siempre he pensado que la puesta del sol es preciosa, eso sí, no tanto como tú.
La rosa se sonroja, ahora su color ya no pasa desapercibido; un llamativo rojo pasión. Pasan días, noches, y más días y más noches. Poco a poco la mano lo consigue, la rosa ya no está a la defensiva, por fin ya no desconfía y se deja coger. En ese momento la pequeña rosa cree estar volando, ve más cerca el cielo, y más azul. Los dedos cálidos la agarran suavemente, con delicadeza, pero rígidos, con intensidad, como se coge a aquello a lo que tienes miedo de perder, a lo que no quieres dejar escapar. La pequeña rosa está enamorada, ha luchado contra ello, pero ha perdido sus fuerzas en vano, poco o nada puede hacer ya. Pero ya no piensa, ya no piensa en su libertad, sólo quiere ver cada amanecer con él, despertar a su lado, que la coja y no la suelte jamás, quiere vivir a su lado, ahora es todo lo que necesita para ser feliz. Y ella lo es.
Pero llega un día que todo lo cambia. Él se ha ido para no volver, quizás no físicamente, pero si su amor. Su mirada ya no es la misma, ya no puede notar su calor. Frágil flor que se deshoja, tus pétalos se secan al mismo tiempo que tu corazón.
Pequeña rosa enamorada te juraste que nunca más te harían daño. Pequeña rosa, sincera flor ahora sientes tu suerte abandonada y te preguntas el porqué. Ahora ya es tarde, aquel que te quiso, aquel a quien tú más quisiste es aquel que más te hará sufrir.
Usada, desechada como un trapo. Otra vez...
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