Y llega, la noche. La ciudad duerme. La calle, oscura, vacía, como un escenario tras acabar la función. Una farola fundida. Tan sólo se oye el susurro de alguna hoja de algún que otro árbol al rozar la brisa. Silencio. Un gato en celo maúlla. Silencio. La noche es tan profunda que si no respiras hasta se puede escuchar, se puede incluso oler.
Amarillas las flores, amarillos los bancos, amarillos también los edificios, amarillas las acer... No, las aceras son negras, como si estuvieran ahí para recordarnos nuestros pasos en balde y cada uno de nuestros errores, intimidando. Parece como si de pisarlas te fueras a hundir en un gran agujero negro que cae en picado y que no acaba nunca.
Amarillas las flores, amarillos los bancos, amarillos también los edificios, amarillas las acer... No, las aceras son negras, como si estuvieran ahí para recordarnos nuestros pasos en balde y cada uno de nuestros errores, intimidando. Parece como si de pisarlas te fueras a hundir en un gran agujero negro que cae en picado y que no acaba nunca.
Silencio. Pero un silencio ruidoso. Un chasquido sospechoso y ahí estarás, asustado en la penumbra, conteniendo la respiración, mientras tu pulso acrecienta en mil por segundo. Es solo un cartón movido por el viento. Giras la esquina y te cruzas con la mirada imperturbable del gato, te preguntas que hará ahí, por qué te mira así, si estará hambriento. No tienes nada para darle de comer, a veces hasta se te olvida que debes hacerlo, pero no puedes apartar la mirada de él. Te observa como si te entendiera, como preguntándose que estarás haciendo a esas horas paseando solo, y pensando te das cuenta de que en realidad no sois tan distintos.
Al fondo hay una fuente seca, como tu esperanza; vacía, como la cama que te esperará al llegar a casa. Pero te obligas a pensar que tu vida puede cambiar y ser como aquella higuera que hace unos meses estaba deshojada y que ahora, tan verde, parece sonreír cultivando su fruto. Y vuelves otra noche esperando encontrar respuestas, esperando encontrarle.
Quizás su vida algún día sea así, tal vez llegue su suerte y deje de deambular solo como cada noche, preguntándose que más debe cambiar, cuál debe ser su perfume o que es aquello que le falta o que tiene de más. Da media vuelta, coge aire y respira hondo. Va hacia la luz e imagina que vuelve acompañado. Y cuando anochezca ahí estará de nuevo, paseando como cada noche mientras hace frente a su único temor, la soledad, a pesar de que ella es la única que jamás le ha abandonado.
