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miércoles, 26 de febrero de 2014

Las 7


Las 7. 
El llanto de un niño, 
dos yonkies metiéndose otra raya. 
Suena una cafetera, 
salta el pan de la tostadora. 
Un despertador. 
Madrugan persianas, 
pasos descalzos. 
Y no estás. 
Son las 7 y me falta tu cuerpo 
abrazando el mio.

Son las 7, 
y como no estás 
no te puedes ir 
después de darme un beso. 
No hay peleas de sábanas 
un "no te vayas" ni un "ojalá".
Son las 7 
y ya no odio el despertador.
Afuera sigue haciendo el mismo frío 
pero no está tu cuerpo aquí 
para darme calor, 
ni escribo mensajes 
pidiendo que vuelvas pronto. 


7 campanas 
y ya no temo a la carretera 
No hago tiempo en mi cama 
recordando tu última sonrisa.
7 punzadas 
que me recuerdan que los motores de los coches que se encienden 
no son el tuyo. 
7 vecinos 
que siguen asomados en los balcones 
pero que ya no te ven salir. 
7 cigarrillos 
que se consumen en sus manos. 

Suenan las 7 
y en mi cama lo único que se consume soy yo, 
y mi esperanza.
Son las 7, ¿por qué no está? 
pregunta mi cama. 
Y yo no sé que contestarle. 
Sólo le pido que me quite este frío 
que dan las siete sin ti.


miércoles, 26 de junio de 2013

La noche eterna

Y llega, la noche. La ciudad duerme. La calle, oscura, vacía, como un escenario tras acabar la función. Una farola fundida. Tan sólo se oye el susurro de alguna hoja de algún que otro árbol al rozar la brisa. Silencio. Un gato en celo maúlla. Silencio. La noche es tan profunda que si no respiras hasta se puede escuchar, se puede incluso oler.

Amarillas las flores, amarillos los bancos, amarillos también los edificios, amarillas las acer... No, las aceras son negras, como si estuvieran ahí para recordarnos nuestros pasos en balde y cada uno de nuestros errores, intimidando. Parece como si de pisarlas te fueras a hundir en un gran agujero negro que cae en picado y que no acaba nunca. 

Silencio. Pero un silencio ruidoso. Un chasquido sospechoso y ahí estarás, asustado en la penumbra, conteniendo la respiración, mientras tu pulso acrecienta en mil por segundo. Es solo un cartón movido por el viento. Giras la esquina y te cruzas con la mirada imperturbable del gato, te preguntas que hará ahí, por qué te mira así, si estará hambriento. No tienes nada para darle de comer, a veces hasta se te olvida que debes hacerlo, pero no puedes apartar la mirada de él. Te observa como si te entendiera, como preguntándose que estarás haciendo a esas horas paseando solo, y pensando te das cuenta de que en realidad no sois tan distintos. 

Al fondo hay una fuente seca, como tu esperanza; vacía, como la cama que te esperará al llegar a casa. Pero  te obligas a pensar que tu vida puede cambiar y ser como aquella higuera que hace unos meses estaba deshojada y que ahora, tan verde, parece sonreír cultivando su fruto. Y vuelves otra noche esperando encontrar respuestas, esperando encontrarle.





Quizás su vida algún día sea así, tal vez llegue su suerte y deje de deambular solo como cada noche, preguntándose que más debe cambiar, cuál debe ser su perfume o que es aquello que le falta o que tiene de más. Da media vuelta, coge aire y respira hondo. Va hacia la luz e imagina que vuelve acompañado. Y cuando anochezca ahí estará de nuevo, paseando como cada noche mientras hace frente a su único temor, la soledad, a pesar de que ella es la única que jamás le ha abandonado.